Supongo que me gustan las películas, las buenas películas, porque en ellas, a diferencia de lo que pasa en nuestras vidas, todo está ordenado. Frente al caos de lo cotidiano, la pantalla me ofrece un relato en el que cada pieza encaja y donde todo confluye en un final que, con independencia de que sea trágico o feliz, sentimos que al llegar a él hemos recorrido un camino en el que hemos aprendido. En el que incluso nos hemos reencontrado con nosotros mismos, dándole sentido a un par de horas fuera del ajetreo que nos disloca, a salvo de tanta luz y de tantas expectativas. De esta manera, una buena película acaba siendo sanadora. Como lo es un abrazo, un reencuentro amistoso, un paisaje frente al que sentimos la grandeza del universo. Nunca pude imaginar que vería una película como Hamnet al final de una semana que también a mí me ha atravesado con las sombras de ese dolor que, aun siendo ajeno, se vuelve colectivo porque nos recuerda la fragilidad que compartim...
Cu ando en estos días seguía las noticias sobre las denuncias presentadas contra Julio Iglesias y leía opiniones en todos los sentidos, incluidas aquellas que confirman que cualquier sistema de opresión necesita de la complicidad de los oprimidos (oprimidas en este caso), volvía a constatar la confusión que siempre que se visibiliza un caso de violencia machista nos lleva a análisis fallidos. Me refiero a que, con frecuencia, no sabemos distinguir las responsabilidades individuales de las colectivas. Es decir, de una parte estaría, en su caso, y una vez que con todas las garantías procesales se dicte sentencia, la responsabilidad penal del sujeto o de los sujetos con respecto a los cuales quede demostrado que han sido ejecutores de la violencia. De otra, estaría una responsabilidad mucho más amplia y colectiva que es la que nos obliga a tener en cuenta por qué y de qué manera esos comportamientos individuales forman parte de un sistema, de unas estructuras de poder y de una cultura que...